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El hígado es inocente

Los argentinos tenemos con nuestro hígado (ese ser oscuro y poderoso) una relación ambivalente de amor - odio que deriva en actitudes que van desde los cuidados innecesarios hasta acusaciones infundadas hacia uno de los órganos más nobles de nuestro cuerpo. Es así que los gastroenterólogos escuchamos a diario diferentes interpretaciones sobre los “poderes” del hígado: “me pateó”; la famosa “pataleta” con síntomas diferentes de acuerdo al paciente, o relaciones con síntomas tales como la cefalea, dolores abdominales, somnolencia, la “digestión lenta”, la panza hinchada, el cambio de humor… y la lista continúa. Sin embargo, la mayor parte de las consultas que recibimos corresponden a enfermedades de otros órganos digestivos.
Yo voy a acometer contra uno de los mitos argentinos: la inmensa mayoría de las veces el hígado no es culpable de los síntomas digestivos.
Nuestro benemérito aparato digestivo se queja de variadas formas y las más de las veces quienes cargan con la responsabilidad de lo que sentimos son los intestinos, el esófago o el estómago. Por supuesto el hígado puede enfermarse y sentiremos debilidad, falta de apetito, tendremos orina oscura o materia fecal clara (entre otros síntomas); a veces inclusive no sentimos nada especial. Existen maneras de prevenir las enfermedades hepáticas, para ello la buena información es el arma más poderosa.
Un gran capítulo de las enfermedades digestivas está constituido por las llamadas patologías funcionales, es decir, no encontramos una alteración en la estructura del órgano (nuestros conocimientos todavía son insuficientes en muchos casos). En estos casos, el funcionamiento de ese órgano es diferente al habitual, provocando en el paciente síntomas asociados a la digestión que pueden ser muy molestos y generar preocupación, si bien no son situaciones que revistan gravedad. Existe medicación efectiva que puede aliviar estos síntomas y ayudar a mejorar la calidad de vida de quienes los padecen.
Si es por buscar culpables tenemos algunos muy particulares. El último premio Nobel de Medicina fue entregado a los Dres. Marshall y Warren por su descubrimiento sobre la responsabilidad de un germen, el Helicobacter pylori como causa de gastritis y úlceras gastro-duodenales. Esta bacteria, que vive adosada a las paredes del estómago, ha despertado interés entre los pacientes ya que casi la mitad de la población mundial es portadora de la misma. Este mismo porcentaje se repite en la población argentina según un estudio del Club Argentino del Estómago y Duodeno. Sin embargo, lo que debemos conocer es que sólo una pequeña proporción de los infectados tendrá consecuencias por este germen, que se detecta fácilmente y se erradica con antibióticos. Es decir que estar infectado por la bacteria no implica necesariamente un peligro, ya que sólo en algunos casos será necesario un tratamiento.
Otro gran tema es la alimentación. Existe la generalizada tendencia a demonizar a la comida, como si esta fuera nuestra enemiga. Es frecuente escuchar que tal o cual alimento resultan agresivos para nuestro aparato digestivo, lo que lleva a los pacientes a restringir la lista de comidas tratando de evitar malestares. Muchas veces la tolerancia a los alimentos depende fundamentalmente de la situación en que son ingeridos. Comer de pie, apretujado, en 15 minutos y mirando el reloj puede ser suficiente para que hasta el arroz hervido nos resulte indigesto. Ante la pregunta “Cómo funciona su aparato digestivo en vacaciones?” la respuesta suele ser “ ¡Ah, no..! En vacaciones puedo comer de todo” Muchas veces es más importante cómo comemos y no qué comemos.
Finalmente debemos considerar la influencia del estado de ánimo de las personas. Es frecuente en nuestro lenguaje relacionar situaciones conflictivas con alteraciones digestivas “Se me hizo un nudo el estómago” o “No lo puedo tragar”. En muchos casos los problemas del aparato digestivo pueden ser un reflejo de conflictos emocionales que está atravesando el paciente. En esos casos, la asistencia de un psicoanalista será de inmensa utilidad.
La patología más difundida entre los argentinos es: el diagnóstico. Todos opinan y medican. Tenemos tantos “diagnosticadores” como habitantes y DTs de fútbol. Así, pulula la automedicación basada en el diagnóstico a veces erróneo. Una consulta médica a tiempo sigue siendo la mejor opción (y, por favor: ¡No le eche la culpa al hígado…!)

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